domingo, 6 de agosto de 2017

Pinceladas del Alma errante (Abril 2008)




De nuevo hoja lúcida, quedo aquí contigo…lejos de masivos ordenadores de pantallas reflectantes que coartan mi inspiración…musa lírica…en estos días de sequía, siento la vulnerabilidad de estar preso, sí, como en otra entidad que no es la mía y sin embargo debo seguir penado, pues el miedo congela mi quehacer…temor, pánico a volver a un terreno que jamás habité …pero que adivino palpando mi piel, advierto su brisa y distingo el sendero y la luz que me grita…una frecuencia en off me dictamina…observo en pasivo, vegetando entre dos trincheras…recibiendo todas las balas en soledad…camino por mi celda, doy giros en tres metros cuadrados y recorro más vía que cautivo en libertad. No he llegado y tampoco he salido… ¿Dónde me encuentro pluscuamperfecto? Remoto de ti y lógicamente, no en el mundo de ellos…soy un extraño, sin lengua, ni patria…soy impúber…hijo de experimento…soy tu otro, fuera de yo, sin mi…etéreo,  grácil… impregnado de pueblos desnudos, bosques salvajes…pretéritos primigenios…cuerpo acariciado por interpretes de mentes en danza…y la música suena dulce, palo y piedra golpean sin composición temática. Razón de escribir?...por qué respirar si nada es esencial…necesario, significativo. Primordial? Y el equilibrio del Astro despellejando mis sienes, allá sentado, en el banco cardinal del camino. Días festivos, ocios de muchedumbre…al andurrial departen dos mexicanos ¡con qué ahínco! Siempre como brújula, su tierra, nomás cuate ¿se juzgarán extranjeros? ¿El origen de las fronteras? Qué afecta donde nací?...la moneda quema en las manos como fuego prendiendo en el animo, reflejos en tus ojos, sí, sí, aliado, indícame qué vas a forjar mañana…seguirás, retornarás? O acaso ya más experimentado, te tumbarás contemplativo y pernoctarás en las calles portuarias, tullidas, de duendes que se suicidaron al equinoccio y asumieron, su término de letrados de la autopista.

El arte se encuentra entre bastidores, no haré acto de presencia en el escenario de decepción donde el telón no tardaría en bajar como hoja de acero afilada.
Me rebelo ante un mundo destructivo que accidenta y lincha a sus creaciones... Justicia es una palabra legal, nomás.
El reflejo de ojeada inquieta, el padecimiento del ser postrado…la inquina de no ser interpretado coherentemente. Qué le prohíbe inhalar el goce del olvido antes de escuchar los pasos del recuerdo, acercándose como sabuesos adiestrados por asesinos mercenarios, exterminadores de razas evacuadas, a inexistentes campos de refugiados…donde se hallaba la infancia, ahora se posan los pájaros sobre las sombras de tierras lejanas, que viejos antepasados, verdugos colonizadores, sembraron ciento sesenta acres por cabeza…cortada.
La flor del Sol…desplomando sus pétalos…prendiendo la arena del desierto con la leña seca de la mañana…las brasas del fuego helado nocturno, que entierran el aire escurridizo y frío…la noche herida, muere por la mañana y la Aurora ensangrentada prorrumpe al amanecer…complacido y a la vez perdido, proveyendo fusilamientos de Albor y nube.  A menudo dudo de la credibilidad de los sueños.
Un adiós triste se fugó en el vagón…dejando la última esperanza de encuentro en el andén y en el vuelo de un pañuelo…mojado por el llanto…ya se terminó la cartilla de racionamiento…



















                                              

jueves, 27 de julio de 2017

Un lugar retirado (Junio 2008)



Nacer y crecer en silencio…sobre la penumbra del sombrío rincón. El hombre enlutado piensa en nubes frescas y perladas, recaladas con el viento del oeste…cargadas de agua… ¡hace tanta falta la lluvia en este descarnado desierto!Rasgueó en su diario y dio largos paseos por los bosques de árboles segados, para el consumo de los humanos…rasguños naturales. Echó una ojeada al  cielo. En aquel lugar, a más de dos mil trescientos metros de altitud, se respiraba bien…caminos sin petroasfaltar, el poblado yermo y sereno. Colosales lagos…paisajes de perspectivas imperecederas que residieron en su niñez, los conmemoraba en la adolescencia y actualmente, ya en el  oscurecer de su existencia, resolvía reaparecer a sus vírgenes praderas. Hierba verde y rebaños pastoreando sin limites, ni cercados prohibiendo la vida…juguetea con el tiempo que le queda, y atraviesa el puente de troncos cercenados, montado sobre el frío riachuelo…en este punto, un remanso  abate en cascadas sensoriales para su espíritu nativo, esencia,  que se desazonó en la metrópoli de la demencia…de miradas hundidas, en muros emparedados de cemento y corazones fracturados. Apremia salvaguardar la distancia y emerge solitaria la flor de una sola noche, resplandeciente luciérnaga, sombra que le cobija entre los susurros de los grillos y el pájaro de ojos magnos…en sus sueños los amores crujen…en la lejanía  del espacio sigue rodando la rueda de la esperanza, mientras silban cuchillas y proyectiles…El personaje sufre con los pensamientos del ciclo pasado y fuga sus evocaciones como héroe proscrito…por fin caen gotas y los nubarrones prometen tempestad… regresa contento y mojado, hacia la casa, donde le espera una lumbre de paz y calor…por el camino entona una canción de Dylan…sólo el viento sabe la respuesta…pregúntale…


 
















                                                             
                                                                                      

miércoles, 19 de julio de 2017

Humos y misericordia… (25 septiembre 2011)



Nebulosas estatuas mitológicas que,  se juzgan,  pintadas en el aire. Góndolas a contraluz, capiteles, juncos y caña, fanales de aceite…música de la Francia de finales de los cincuenta, en la Italia de los sesenta, donde nos hallamos presentes, los cielos, cenicientas tonalidades, unidos con los rojos pasión que abaten en el mar, acariciando, la plata de sus aguas…la ciudad duerme, cada cual en su mundo, escribiendo el libro de sus vidas…miras por la ventana y ves como caen las primeras gotas de lluvia, abajo, cruzando el puente, divisas los paraguas de las gentes…como en un desfile, en la pasarela de sus vivezas, corren a resguardarse. En la plaza una niña con impermeable y gorro da de comer a las palomas. Los pescadores recogen redes y velas, y acercan las barcas al astillero, fuman sus pipas humeantes de Ámsterdam y hunden memorias en el mar. Rondan las ruinas portuarias, chavolas de amigos y conocidos indigentes que han prendido con maderas y cartones, fuego, a las tinas y  cubos de chapa,  para calentar los huesos y el alma y cocinar  los atunes que cada amanecida, los marineros, les traen para alimento…se sientan, juntos, como cuando eran niños en la escuela…donde aprendían a soñar…unos tuvieron más suerte, a otros las adversidades les enfermaron, sin embargo no han perdido el valor del afecto y de la solidaridad y hoy, mientras comen con hambre, el pescado, sacan una bota de vino y todos cuentan fábulas, ríen y beben, olvidando, por unos momentos la dureza de la existencia…los autos comienzan a rodar a esas horas y de las chimeneas de las  fábricas, el humo, fluye, contaminando el ambiente…no nacen flores en las aceras, no, solo asfalto y restos de ruedas chamuscadas. Los  adoquines resquebrajados, forman charcos que los muchachos camino del instituto,  pisan con regocijo, sin conocer lo que un día pretenderán  olvidar...




                                   















jueves, 13 de julio de 2017

EL CHICO DEL PISO DE ARRIBA... (Otoño de 1989)




Me lo encontré por la mañana en el rellano de la escalera de casa, oí sus pasos mientras
cerraba la puerta con llave. Alguien, a mi espalda, me saludó. Yo, como señal de cortesía, le devolví el “buenos días” sin prestar demasiada atención, hasta que me giré y
lo vi, miré aquello y me impresionó. Sin embargo, pude disimular mi repugnancia: su cuerpo no medía más de medio metro, me recordó a los seres diminutos y monstruosos de las películas de terror.
Su cara estaba completamente desfigurada, no sabría decir si lo tenía todo en su sitio o si le faltaba algo. Tenía la cabeza rapada por partes, como si se arrancara el pelo a mechones. Por suerte tuve fuerzas para contener el asco que me dio, pero estoy seguro de que él se  enteró de todo lo que en esos momentos me pasaba por la mente y por el estomago.
-Hola, vives aquí, ¿no? Yo estoy con mi madre en el piso de arriba, justo encima del tuyo.
Me sonrió, y me pareció extraño que un ser así pudiera tener todavía sentido del humor. Moví los labios avergonzado:
-¿Tú eres el nuevo…? Bueno, ya nos veremos, es que voy a llegar tarde al colegio, de hecho ya no llego a tiempo.
Hice un gesto de encogimiento de hombros.
-Tendré que correr…
-De acuerdo, como prefieras, supongo que querrás ir solo, es que ¿sabes? llevo aquí un rato esperándote, yo también voy a tu instituto y pensé…si no te importa, claro, que podríamos ir juntos, a no ser que te moleste mi compañía o que te vean conmigo.
Se miró su corta figura. Poco podía ver, pensé.
-No, no, qué tontería…vamos, pero démonos prisa.
 Mentí, ¿y qué otra cosa podía hacer?
-Gracias Jorge…es así como te llamas, ¿Verdad?
-Sí, Jorge Santos ¿Y tú?
-Yo…eeehh, mira ya está aquí el ascensor.
Bajamos sin hablar, un poco incómodos (al menos yo).
Anduvimos por las calles de Barcelona. Mi vecino me contó historias muy interesantes y me hizo reír con sus ideas que fluían inteligentemente, con rapidez y gracia. Sus ocurrencias casi me hicieron olvidar el apuro que daba ir a su lado, pensaba acalorado qué dirían mis compañeros, cuando me vieran con un tullido enano lleno de muñones. Llegamos y nos despedimos, dijo que iba a otra clase. Me alegré. Luego volvió todo a la normalidad, igual que todas las mañanas.
Nadie me comentó nada, supongo que no me vieron, mejor. Todo siguió con el mismo monótono aburrimiento cotidiano, salvo que mi mente no estuvo allí en todo el día. Abstraído, pensaba en el nuevo muchacho, qué rara sensación, me causaba malestar, pero por otro lado sentía una necesidad de verle que aumentaba a cada minuto que pasaba. Me preguntaba cómo podía vivir con tanta energía un engendro tan horroroso. En un descanso intenté indagar sobre el chico nuevo. Nadie supo decirme, ni siquiera estaban enterados de que hubiera llegado. Esto me confundió más, pues a esas horas tendría que estar hablando de él, todo el instituto.
Esa noche soñé con mi vecino de arriba. Su madre era como él, como un duende tras una dura guerra perdida. Me invitaron a comer, y a medida que hablábamos, me daba cuenta de que la batalla la habían ganado, pues si no fuera por el físico, eran personajes maravillosos convirtiéndose en hermosas hadas, espíritus de los genios de la tierra.
 La mujer trajo y puso sobre la mesa un plato lleno de cucarachas y otros asquerosos
bichos, él los comía mientras reía a carcajadas. La madre también reía a gusto.
Después, trajo otro plato cubierto y al destaparlo se pudo ver el contenido:
Mi cabeza asomaba humeante, adornada con perejil y rellena de sensaciones de ridículo y burla, todo se podía ver claramente, igual que en las bolas mágicas de las gitanas. La cabeza miraba suplicante y las cucarachas entraban por la boca y los oídos, devoraban la carne. Ellos dos me miraban y decían:
-¿Cómo te sientes ahora?, ya sabes, ya conoces lo que es la desgracia, el sentirse comido. Ahora aprende a resignarte. Yo lloraba y rogaba que me sacaran de allí y entonces el chico se acercó y me hizo volver a la realidad, mientras una lágrima
recorría su supuesta mejilla.
Desperté empapado en sudor, temblando de frío. Era temprano, me levanté y dejé caer una ducha con el agua congelada sobre mi castigado cuerpo (¿por qué habré dicho lo de castigado?). El solo pensamiento del chico del piso de arriba me perturbaba, me aturdía y a la vez me tenía perdidamente obsesionado, como poseído, me mortificaba. No sabía qué me ocurría y ese estado me inquietaba.
Con estos pensamientos ni siquiera me había dado cuenta del tiempo que llevaba bajo el chorro de agua. De pronto desperté y pegué un salto hacia la toalla. Había agarrado mucho frío y tiritaba, me froté con la toalla y me vestí a toda prisa. Seguía siendo muy temprano, pero temía que él no me esperara y necesitaba verle.
Madre me preparaba el desayuno. De la manera en que me miró, seguro que dedujo algo de lo que me estaba ocurriendo. Cuando preguntó me apresuré a negar con la cabeza.
-No pasa nada, mamá, no te preocupes.
Ya sé que no se lo creyó, pero tampoco podía contárselo. Aunque hubiera querido, ¿Qué le iba a contar? Le di un beso agradeciendo que no me hiciera preguntas.
-Adiós mamá, hoy llegaré pronto…te lo prometo.
La pobre mujer vino detrás de mí, trayendo los libros y el bocadillo. De nuevo gracias, adiós, ¿Qué te pasa?; nada, nada, adiós, cuídate hijo tienes mala cara.
-Sí, mamá, adiós.
Cerré la puerta de un golpe, me había empezado a agobiar con tanta ceremonia.
Bajé por las escaleras y allí en el portal me senté a esperar. Soplaba el viento, me subí el cuello de la cazadora, podía estar diez minutos más aguantando las inclemencias del tiempo. Cuando ya me iba, se abrió la puerta
-Hola Jorge, perdona que me haya retrasado. Mi madre no se encontraba muy bien.
Me contagiaba su alegría enigmática. Su mirada era triste, amarga, pero llena de comprensión. Estando a su lado, el jorobado de Notre-Dame parecía yo, me sentía bien, orgulloso de ser su amigo. ¿Me estaba volviendo loco? Creí por un momento que todo, incluso mi vida, dependía de él.
-Vamos, llegaremos tarde…
-Si, si, claro, vamos.
Desplegó el paraguas y yo lo aguanté mientras anduvimos por la misma calle.
Llegamos ante el edificio negro de posguerra, subimos las escaleras y, ya  resguardados, me dijo que se iba. Le pregunté a dónde y por qué, y no quiso o no supo decírmelo.
-Ya no hace falta, ahora nos hemos conocido.
De pronto, toda la lluvia me cayó encima. ¿Qué habría querido decir? se lo preguntaría después.
Como el anterior, pasé el día en otro mundo, ensimismado, pensando en el chico cuyo nombre ni siquiera sabía. Pensé de qué manera me había cautivado su simple presencia. Pocas palabras y creía conocerlo bastante bien, solo una incógnita me preocupaba. Di un pretexto al profesor para poder salir antes, tenía la esperanza de encontrarle, pero no fue así, por lo que me fui solo a casa.
Dormí otro extraño sueño. El y yo corríamos contentos por el campo, el sol siempre se apoyaba en la sombra de uno, así que cuando uno brillaba, el otro se apagaba, éramos hermanos, la luz y la oscuridad nos delataban. Yo era un enano y un gigante y madre nos llamaba, y era la voz de madre.
No pude llegar al final, desperté sobresaltado, salté como un resorte de la cama, con la última duda abrochándome los cordones de los zapatos.
Subí los pocos escalones que separaban los dos pisos. Allí estaba, frente a la puerta, sin importarme el ruido llamé al timbre con insistencia, hasta que oí unos pasos que se acercaban y una voz que preguntaba. Le dije que era el vecino de abajo. La puerta se abrió y un abuelo de pelo canoso asomó la cabeza.
-¿Qué te pasa chico?
-¿Dónde está él, el chico pequeño…? No sé su nombre…
-¿Te refieres al tullido?
-Sí, ése, llámele.
-Mira chaval, si me estás tomando el pelo se lo diré a tu madre. ¡Llamar a estas horas para esto!
-Necesito hablarle, llámele por favor. Llámele…
-Te estás poniendo pesado. El enano vive abajo, justo debajo de mi piso.
-¿Qué dice?, si ahí vivo yo, no puede ser.
El viejo me cerró la puerta en las narices, quizá tenía razón.
Me quedé allí un buen rato, como un idiota. Caí como por un golpe.
Qué ciego había estado todo el tiempo, bajé corriendo y antes de entrar me detuve, sonreí y miré mi cuerpo pequeño, por primera vez respeté ese físico de ciencia-ficción. Me sentí orgulloso de mi lucha para que todos compartieran mi visión y no compadecieran la magia  de los gnomos, genios de la tierra habitada por los difíciles humanos.
                                                       














                                                            

sábado, 17 de junio de 2017

YAKOV (Mayo de 2003)



Yakov solía comer todos los martes, poco más o menos, indisolublemente en el multirracial   Je T’Aime, café modernista de hipotético choque sociocultural con titulo de ostentosa realeza, sí, Yakov era un arquetipo forzosamente mediático y coercitivo…fácil de relegar, de estrías grotescas y amanerado…escapado de la viñeta de un cómic macabro, designando vacante la plana ambarina del esbozo, evadiendo el esferográfico de los aciagos designios del guionista y proyectante, calculadores del diseño comercial sin entelequia…no, Yakov no estaba dispuesto a que expiraran su caricatura a un insustancial magazín de exposición.
Experimentaba un vino amontillado y un ardor en las mejillas…se deleitaba del escenario de ofrenda que la bienhechora existencia le confería. Se hallaba sentado en el anochecer de la barra del refectorio escuchando los Aventis que los sirvientes prodigaban entre risa y carcajada, mientras recogían efugios de una extensa y ruda jornada de labor. El ostracismo había trillado un anónimo personaje en su andurrial…Yakov le echó una ojeada con inusitada extrañeza ¿Qué hacía allí, aquel, inmediato a él? ¿El local subsistía tan saturado que no había opción de ubicarse en otro término? Claro que no. El envite era ajeno a inclinaciones, ya que se encontraban a solas a excepción de los camareros y de un músico que afinaba su saxofón. Conclusión, no correspondía inquietarse, mera y llanamente un señor vete-a-saber-la-causa se hallaba allí sin más doctrina que una indisposición, un equívoco…requería fuego o algo prestado ¿vendía flores? Talmente la soledad del antro le desbordaba… ¿querría hacerle una confesión, algo había acontecido y comparecía a facturar el mensaje?... ¿una virulenta crónica, un incidente…?. Yakov comenzó a sudar, deslizándose un pañuelo por la frente. No podía ser grave reparando en la impavidez de su semblante…el asunto es que no le resultaba del todo incógnito y sin embargo aquel no le había saludado ni presentado su apremio ¿despertó sin prestezas? ¿Estaría huyendo de alguien? ¿Era Yakov su coartada? ¡Solicitaba dialogo! ¿Pues porqué no exponía nada?... solo miraba con unos ojos penetrantes que no le deponían indiferencia… pero no le daban a entender. Cada vez estaba más seguro de que le conocía de alguna situación conjunta, ¿en el ascensor, en la empresa?…quizá fuera el portero de uno de los hoteles que frecuentaba, o se habían cruzado en el crucero del verano…AAAH…ensoñación… recordaba Idra, isla blanca de piedras perdidas y rocas golpeadas por olas mordidas y cavernas hendidas entre las notas  de “Terra”del Bahiano Caetano Veloso, Idra, anclada en el egeo griego…
Yakov revive en diferente cultura la misma escena caleidoscópica de emotividad y sensación de encuentro con la naturaleza de virgen elemento      …marineros pintando en el mar calles estrechas de grises pinceladas… arrojaban el cebo y se asilaban en la contemplación de los agrestes acontecimientos.
Aquel, vestía elegantemente un traje negro de franela, camisa de tonos asalmonados, aderezada impecablemente con un chaleco a juego. Se le notaba satisfecho y holgado dentro de su prenda, cómodo, tradicional a esas ropas de selecta delineación. Con ello Yakov llegó a la ilustrada consumación de que el individuo residía afinadamente conveniente en su papel…innegable que era un conocido al que no recordaba…qué pésima memoria,¿un viejo amigo de la Universidad?, si, si, quedaba convencido de conocerlo, le tenía visto…¿pero donde?...simétricamente, Yakov principiaba a quedar harto, no se tenía que alarmar …qué más daba quien fuera, en su conversación le diría lo mal educado de su conducta y añadiría- aunque faltara a la verdad- que ese sitio ya estaba ocupado. Meditó largo y tendido y cuando por colofón decidió pasar a la acción, un financiero del establecimiento se le adelantó, acercándose con altivo porte y dirigiéndose hacia aquel hombre enigmático…Yakov suspiró conforme y aplacado con una sonrisa en los labios, justamente no tendría que brindar un espectáculo que por otra parte le resultaba del todo desagradable. Ahora le indicarían con buenas formas como era natural en una educación distinguida-y le constaba que el local era refinado de primerísima categoría y excelentes costumbres- si podía hacer el favor de levantarse y mudar de asiento, si pretendía permanecer en la estancia.
Así que llegó el anfitrión y le habló, apuntó algo que a Yakov dejó asombrado…helado…le hizo un gesto de reconocimiento mientras le
preguntaba si todo había sido de su agrado, aquel asintió y le dio unos billetes, a la sazón se levantó, acto que a Yakov le ocasionó un intervalo de respiro ya que al punto quedó petrificado cuando el propietario le dio a aquel las buenas noches acompañándolo al portón giratorio de la salida, este hecho no hubiera significado decididamente nada si el nombre con que le despidiera no fuese el de Yakov Petrovich Goliadkin.


Nota: Yakov Petrovich Goliadkin es el nombre del protagonista de la novela “El Doble” de F. Dostoiewski.                                             
                                        
                                                        











                 
               

domingo, 11 de junio de 2017

jueves, 8 de junio de 2017